
Fue mientras me dirigía a una de las salas de espera del hospital, luego que me extrajeran dos muestras de sangre.
Caminaba con el brazo doblado buscando donde sentarme unos minutos, antes de ir al trabajo, recién apenas el pasado jueves 1 de Octubre.
Y ocurrió de nuevo, uno de esos guiños con los que Hashem suele sorprenderme en medio de la rutina y el ajetreo del día, esta vez:
Observando una maravillosa escena en el filme de la vida real…
Una ancianita ya bastante mayor, de andar sereno y sin prisa apoyada en su bastón, caminando rumbo a la puerta de cristal que lleva a los elevadores:
Descubrió en su trayecto a un joven padre sentado, cargando a su bebé que notoriamente tenía apenas unos días de nacido.
Pude notar como su expresión seria y serena cambió drásticamente ¡Sonrío con ternura y se detuvo frente a ellos!
Le dio una bendición al pequeñito casi tocando su cabecita y apenas murmurandola…
Se detuvo unos segundos más, observandolo embelesada y de repente, miró hacía arriba con notorio regocijo; luego bajó la mirada y siguió su camino sonriendo aún, hasta donde lentamente la perdí de vista.
Tristemente el joven padre fue un observador más, no lo vi participar, ni sonreir, ni agradecer, empatizar o conmoverse. De hecho, se quedó mirando desconcertado… como ¿como si nunca hubiera presenciado algo asi?
Me dolió pensar que quizá no conoce el poder de una bendición pero, me dolió más que no compartiera el sentir de la señora que irradiaba felicidad, en el instante en que miró al cielo pude percibir como si le agradeciera a Hashem ¡o lo felicitara por la pequeña alma que recién envió al mundo!
En otra ocasión, con el favor de Hashem, hablaré de la importancia de las bendiciones: de recibirlas y también poder expresarlas.
El Talmud, en el tratado Berajot 7a, relata la ocasión en que Dios mismo le pidió una bendición al sumo sacerdote.
Por ahora me quedo con esta escena que Hashem me obsequió, saboreándola aún y quería compartirla contigo.
Ha quedado grabada en el ramillete de guiños de Hashem que guardo con especial cuidado en el cofre de mi alegría:
El día que vi dos almas coincidir en el andén de la vida, una recién desembarcada y la otra, feliz y con las maletas cargadas de bendiciones, experiencia y gratitud, esperando el tren de partida.
Que Hashem guarde a ambas bajo sus alas con tierno cuidado, por la eternidad.